16/3/17

Templanza

Templanza


Haz silencio a tu alrededor si quieres oír cantar a tu alma.... Arthur Gaff.

El verdadero silencio es algo que tiene más que ver con lo que se produce en el interior de la mente, que el hecho de mantener la boca cerrada. Un espacio profundo que brota tras acallar el ruido que producen los diálogos y divagaciones internas. La mente, al igual que las aguas, vive agitada en las superficies y sosegada en las profundidades. 


Cuando nuestras emociones se enturbian, se opaca la transparencia y se bloquea el rayo de lucidez que trata de atravesar por entre sus ondas. Sin embargo, cuando la tormenta pasa y las aguas se calman, se percibe el fondo con toda su quietud y claridad. El silencio pacifica la mente, sosiega los pensamientos y revela la profundidad de la esencia.

El cultivo del silencio no sólo permite aflorar soluciones insospechadas a problemas del camino, sino que también amplía horizontes y facilita el orden de las cosas. Vivimos en el seno de una cultura con ruido. El griterío de muchos bares parecen expresar que cualquier forma de silencio denota una atmósfera de tristeza derivada de algo sometido a las ausencias. 


En realidad, el silencio aquieta el murmullo mental y permite la apertura del alma. En cierto modo, el silencio es una forma de palabra sagrada, un estado mental en el que se procesan y metabolizan las emociones y las ideas. El silencio propicia un vacío desde el que todo es posible y desde el cual, a menudo, la genialidad brota. 

El silencio es algo más que un lujo del alma. En realidad, es una necesidad neurofisiológica que reorganiza complejos procesos de nuestras neuronas. Cuando, a lo largo de varias horas, uno se recrea en el silencio, termina por enterarse de que durante dicho tiempo no ha pasado nada, y sin embargo, ha pasado todo. 

El silencio disuelve las contradicciones y permite observar las partes internas que nos diversifican y conforman. Se trata de un escenario mental en el que uno deviene observador atento, capaz de seguir el hilo de aquellos pensamientos que pasan. Tras el silencio consciente y bien respirado, la mente puede volver al “gallinero del mundo” y constatar que las situaciones que antes molestaban, ahora resulta que ya no importan casi nada. El silencio amplía la mirada interna, al tiempo que logra hacer latir los mecanismos de la gran máquina.

El silencio no es tan sólo ausencia de ruidos en el tímpano, es también un estado sosegado de consciencia. Permanecer callados no siempre supone alcanzar los beneficios del silencio. En realidad, el silencio es una actitud atenta que fluye y observa. 

Un estado mental que conforme se hace más profundo, registra ondas cerebrales más lentas y pausadas. Muchas personas duermen cuando éste reina en las neuronas. Sin embargo, si el arte de la contemplación se entrena, sucede justamente lo contrario. Sucede que a mayor relajación y lentitud de ondas cerebrales, mayor es el grado de atención ecuánime y consciencia despierta. 

El silencio del contemplador es activo, consciente y no es somnoliento. Es un silencio que abre bien los ojos, que se respira a sí mismo mientras uno observa como las ideas vienen y, al poco, se alejan. Se trata de un estado del Ser que se encuentra en las capas mas hondas de la mente, allí donde uno es más allá de las palabras.

El silencio es el billete de viaje al Profundo. 

Y sin duda, el puente a la Totalidad y la Esencia



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